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No todas las personas, requieren la misma cantidad de horas para lograr un sueño reparador, influyen las características físicas y mentales de cada individuo, así como la edad. A medida que se envejece, es menor el tiempo que se emplea en dormir.
A los 2 o 3 meses, el bebé logra saber si es de día o de noche, paulatinamente duerme sus ocho horas nocturnas. Hay casos excepcionales que a las pocas semanas concilia el sueño nocturno. Los pediatras afirman que un niño de tres meses, normal en su peso y talla, tiene condiciones para dormir la noche sin despertar a tomar el pecho materno, por eso es aconsejable adaptar a los bebés, a no tomar alimento nocturno desde pequeños, para que estabilicen su horario de sueño en la noche.
Más adelante, al sueño se le dedica cada vez menos tiempo. Los jóvenes, atareados en sus estudios y su recreación amplían sus horarios de actividades y disminuyen sus horas de descanso. Luego las responsabilidades del trabajo, el hogar, las relaciones sociales, la educación de los hijos, incrementan en la etapa adulta los desvelos. En la vejez las personas cambian sus deberes, sus hábitos y sus horarios, lo que repercute en su descanso nocturno.
De modo general las necesidades son:
• Lactantes: de 11 a 12 horas.
• Un niño, de 9 a 10 horas.
• Un adolescente, de 8 a 9 horas.
• Un adulto, de 7 a 8 horas.
• Las personas mayores de setenta años, de 5 a 6 horas.
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